martes, 9 de septiembre de 2008

Los leopardos no cambian de manchas

Es un viejo proverbio. Los leopardos no cambian de manchas. Esos grandes y hermosos gatos, los leopardos, las panteras, mantienen siempre esa curiosa coloración suya. Poca gente sabe que las panteras negras también tienen las mismas manchas, sólo que son un matiz de gris oscuro apenas distinguible si no es de cerca. El dicho, por su parte, hace referencia a que la gente no cambia. Se suele decir cuando alguien recae en una mala costumbre y nos decepciona. No hace mucho, nos ha ocurrido esto en el Orgullo.

No vamos a dar detalles porque ni es necesario, ni nos aportaría nada a nosotros, ni os ayudaría a vosotros tampoco. El caso es que, en estos momentos, la gente mundana de nuestro alrededor -gente más ciega, más desesperanzada, que no consideran que la luz de Cristo sea real ni poderosa- aprovechan para reafirmarse en su creencia. Les confiamos nuestra desilusión y ellos se apoyan en ella para usarla de argumento y repetir una vez más: "¿Comprendes que tu fe es absurda?"

Bueno, hubo un largo período de victoria sobre este miembro del Orgullo. Muchas heridas se cerraron, algunas mejor curadas que otras; siempre las hay que dejan cicatriz… pero sin duda se ha alejado de nosotros más fuerte que cuando llegó. Ahora su error está siendo creer que han sido sus propias fuerzas las que le han restaurado así. Me temo que su destino, alejándose del camino que Dios le tenía preparado, es volver a caer y, con suerte, darse cuenta de su equivocación y tener ocasión de reemprender su vida como debe. Pero cada vez que uno vuelve a desviarse puede ser la última…

Hace muchos años, mi hermano pequeño tuvo una grave discusión con su profesora, en párvulos. Mi hermano comparte conmigo una mente despierta y un gran interés y amor por la naturaleza. Su maestra mostró una imagen a los niños, unos cachorros de leopardo, les dijo. Debió ser algo así… casi un gatito, pero moteado de esa forma tan evidente. Sólo que mi hermano afirmó que era un león, que él lo reconocía de un libro que tenía en casa.

La maestra se lo negó, le señaló las inequívocas manchas y finalmente decidió que el niño le llevaba la contraria sin motivo, quizá para demostrar algo o demasiado orgulloso para rectificar. Mientras mi hermanito lloraba desolado, la maestra lo riñó y llegó al extremo de llamar a mis padres para que le reprendieran. Mis padres vieron las imagen. Ese día, aquella profesora descubrió azorada que los leones nacen con manchas, pero las pierden al crecer. Disney obvió el detalle, y también la maestra de nuestra historia. Sí, también este cachorrete de la derecha es un león. ¿No es precioso?

Vivimos rodeados de leopardos. La mayoría, es cierto, no se deshacen de sus manchas, y hasta se las justifican como algo inamovible. Pero eso es una excusa. Los humanos tenemos libre albedrío. Podemos decidir qué deseamos hacer. Somos los herederos naturales de este mundo; nada de él puede someternos… sólo debemos recordar esa gran verdad, y pedir a nuestro Padre que nos redima. Aceptando el sacrificio del mayor de nuestros hermanos, Cristo Jesús, el primero y mejor de los cristianos, el rostro humano de Dios mismo, volvemos a encauzar nuestra vida hacia el trono que nos corresponde, dejando de ser los príncipes depuestos de la Tierra, regresando a la diestra del Señor. Atrás quedarán los leopardos que no quieren cambiar de manchas. Adelante, conmigo, con nosotros, caminarán los leones… la iglesia del Dios vivo, y firmes entre ellos, el Orgullo de Judea.

2 comentarios:

Fiorella dijo...

^^ De vuelta de este maravilloso fin de semana del Orgullo de Judea, uno de nuestro días más grandiosos, sobre el que postearé en breve, sólo puedo decirte que te quiero, te quiero tierna, dulce y suavemente, te quiero de mirarte a los ojos y saber que estoy en casa, de dormirme en tu regazo...
Me gusta mucho luchar contigo, con vosotros. Si alguno es leopardo, que se vaya, pues el que pudiendo llegar a ser león, no lo hace, es porque no está dispuesto a pagar el precio de estarse esforzando continuamente por agradar a Dios. Confiemos en que Él se ocupe de ello entonces, pues no es en nuestras propias fuerzas, sino en las suyas.
Por el momento, los cachorros de león que aún tenemos manchitas, seguiremos adelante, porque aunque nos hayan intentado hacer caer, agotar, derrotar... no somos leopardos, nos da igual la ignorancia que reine, o lo que parezca, no lo somos. Somos leones pequeños, que aún tienen q crecer, pero que tienen ya el porte y el orgullo del león, que conforme se va haciendo más grande, gana en dignidad y sabiduría, que es lo que nos hace falta para cumplir esta gran misión.
¡Orgullo de Judea!

Anónimo dijo...

Gracias por recordarme que mi deber es quitarme las manchas y convertirme en león, Toni Steel. O mejor dicho, debo lograr la docilidad suficiente para dejarme cambiar por Dios, porque yo no me puedo cambiar, sólo puedo gritar auxilio: ¡Kyrie, eleison!

Cuando lo logre, cuando Dios me cambie el corazón de piedra y llegue a eso que Josemaría Escrivá -y tantos otros- llama la santidad, Teresa de Ávila la séptima morada, Juan de la Cruz la cima del Monte Carmelo... ese día Dios podrá hacer algo a través mío.

Lukas Romero