"No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino." Lucas 32-12.
He ahí una palabra dada explícitamente a nosotros, el Orgullo de Judá. Pero no somos orgullosos ni soberbios. Somos un orgullo, es decir, una manada de leones, decididos y luchadores, varones y varonas de valor probado y sometidos a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Aslan. Como nos enseña Pablo, buscamos repudiar el orgullo y no glorificarnos más que en nuestras debilidades.
En castellano, al pecado capital se le llama soberbia, y se le distingue del orgullo honorable como una versión corrupta del mismo, altanera y distante. El idioma inglés, en cambio, no hace esa distinción, y llama al pecado capital "pride", es decir, orgullo. ¿No hay algo, entonces, de lo que estar orgulloso? ¿No hay logros que nos hayamos ganado?
Jesús deja muy clara esta verdad, delante del hombre que tenía en sus manos el juicio sobre su vida. La máxima autoridad del imperio en toda Judea habló así al capturado mesías:
"Entonces dícele Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo potestad para crucificarte, y que tengo potestad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba." (Juan 19:10-11) Es decir: las autoridades sobre la tierra están donde están por voluntad de Dios. El dominio de las naciones lo concede el Padre, y por el pan que pudiera ser lo único que se comiera en un día, también al Padre se dan las gracias.
La Biblia nos dice que toda bendición viene del Señor, por gracia, por la vida que Él nos concede. Nosotros sólo hemos de poner nuestro esfuerzo, porque "esfuérzate y sé valiente" es una frase muchas veces repetida en la Biblia, y con razón. Dios nos enseña a orientar nuestro esfuerzo hacia los sueños que Él pone en nuestro corazón en lugar de dejarnos derrochar sudor y lágrimas en objetivos que no son adecuados. Por tanto, ¿de qué estarás orgulloso? Igual que no presumirás del color de tu cabello como si fuera gracias a ti que lo tienes, tampoco puedes querer enaltecerte de tus logros. Es más, a toda la iglesia se anima a que "todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo" (1 Pedro 5:5-6). Aparentemente, es simple: el orgullo niega la bendición de Dios y nos hace olvidar la gratitud que le debemos. Sólo por este delirio humanista ya valdría la pena deshacerse de él.
Pero hace muy poco que he comprendido la verdadera trampa del orgullo. Es una verdad sorprendente y poderosa. El orgullo es la satisfacción producida por los logros propios, es decir: por lo que puede hacer uno mismo. Pones toda tu fuerza y obtienes un difícil resultado, y te ensoberbeces. Bien, es comprensible y todos lo hemos hecho. Ahora, pensemos en lo dicho. El motivo de estar orgulloso es que es "tu" logro hecho con tus capacidades. Pero si esa bendición, esa victoria de tu esfuerzo, en realidad no nace de ti, sino de Dios, y rechazas el orgullo, dejando de decirte "he llegado a lo máximo que puedo hacer y por tanto puedo estar satisfecho", comprendes la verdad. No hay meta demasiado alta. No hay nada que no puedas hacer, porque no lo vas a conseguir tú, sino Dios. No dejes que tu esfuerzo se mienta a sí mismo para detenerse y drogarte de arrogancia... ese límite no ha existido jamás, porque Dios todo lo puede. ¡Sin orgullo, no hay triunfo demasiado alto, y realmente llevarás la obra que Dios te encarga hasta el infinito! ¡Sin tu orgullo, Dios es invencible en ti!
He ahí una palabra dada explícitamente a nosotros, el Orgullo de Judá. Pero no somos orgullosos ni soberbios. Somos un orgullo, es decir, una manada de leones, decididos y luchadores, varones y varonas de valor probado y sometidos a Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Aslan. Como nos enseña Pablo, buscamos repudiar el orgullo y no glorificarnos más que en nuestras debilidades.
En castellano, al pecado capital se le llama soberbia, y se le distingue del orgullo honorable como una versión corrupta del mismo, altanera y distante. El idioma inglés, en cambio, no hace esa distinción, y llama al pecado capital "pride", es decir, orgullo. ¿No hay algo, entonces, de lo que estar orgulloso? ¿No hay logros que nos hayamos ganado?
Jesús deja muy clara esta verdad, delante del hombre que tenía en sus manos el juicio sobre su vida. La máxima autoridad del imperio en toda Judea habló así al capturado mesías:
"Entonces dícele Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿no sabes que tengo potestad para crucificarte, y que tengo potestad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dado de arriba." (Juan 19:10-11) Es decir: las autoridades sobre la tierra están donde están por voluntad de Dios. El dominio de las naciones lo concede el Padre, y por el pan que pudiera ser lo único que se comiera en un día, también al Padre se dan las gracias.
La Biblia nos dice que toda bendición viene del Señor, por gracia, por la vida que Él nos concede. Nosotros sólo hemos de poner nuestro esfuerzo, porque "esfuérzate y sé valiente" es una frase muchas veces repetida en la Biblia, y con razón. Dios nos enseña a orientar nuestro esfuerzo hacia los sueños que Él pone en nuestro corazón en lugar de dejarnos derrochar sudor y lágrimas en objetivos que no son adecuados. Por tanto, ¿de qué estarás orgulloso? Igual que no presumirás del color de tu cabello como si fuera gracias a ti que lo tienes, tampoco puedes querer enaltecerte de tus logros. Es más, a toda la iglesia se anima a que "todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos pues bajo la poderosa mano de Dios, para que él os ensalce cuando fuere tiempo" (1 Pedro 5:5-6). Aparentemente, es simple: el orgullo niega la bendición de Dios y nos hace olvidar la gratitud que le debemos. Sólo por este delirio humanista ya valdría la pena deshacerse de él.
Pero hace muy poco que he comprendido la verdadera trampa del orgullo. Es una verdad sorprendente y poderosa. El orgullo es la satisfacción producida por los logros propios, es decir: por lo que puede hacer uno mismo. Pones toda tu fuerza y obtienes un difícil resultado, y te ensoberbeces. Bien, es comprensible y todos lo hemos hecho. Ahora, pensemos en lo dicho. El motivo de estar orgulloso es que es "tu" logro hecho con tus capacidades. Pero si esa bendición, esa victoria de tu esfuerzo, en realidad no nace de ti, sino de Dios, y rechazas el orgullo, dejando de decirte "he llegado a lo máximo que puedo hacer y por tanto puedo estar satisfecho", comprendes la verdad. No hay meta demasiado alta. No hay nada que no puedas hacer, porque no lo vas a conseguir tú, sino Dios. No dejes que tu esfuerzo se mienta a sí mismo para detenerse y drogarte de arrogancia... ese límite no ha existido jamás, porque Dios todo lo puede. ¡Sin orgullo, no hay triunfo demasiado alto, y realmente llevarás la obra que Dios te encarga hasta el infinito! ¡Sin tu orgullo, Dios es invencible en ti!
"TODO LO PUEDO EN CRISTO, QUE ME FORTALECE." (Filipenses 4:13)
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